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Los antojitos de playa que más engordan sin que te des cuenta

Un día de playa en México suele venir acompañado de antojos difíciles de rechazar: ceviche, pescado frito, camarones, cocos preparados, raspados, fruta con chile y bebidas heladas. Disfrutarlos forma parte del viaje, aunque algunos concentran más calorías, azúcar, grasa o sodio de lo que parece.

Pescado frito: sabor con precaución

El pescado frito es uno de los platillos más representativos de las costas mexicanas. Aporta proteína y otros nutrientes, pero al cubrirlo con harina y sumergirlo en aceite aumenta considerablemente su contenido de grasa. El resultado puede volverse más pesado si se acompaña con papas fritas, arroz, tortillas, mayonesa y varias salsas.

Esto no significa que deba evitarse por completo. Pedir una pieza más pequeña, retirar parte del empanizado o elegir pescado asado, a la plancha o al ajo permite disfrutar el sabor del mar con una preparación más ligera. El pescado sigue siendo una opción nutritiva, siempre que se conserve correctamente y se cocine de manera suficiente.

Ceviche: fresco pero con riesgos

El ceviche parece una alternativa fresca porque contiene pescado o camarón, jitomate, cebolla, pepino, cilantro y limón. Sin embargo, el jugo de limón cambia la textura del producto, pero no elimina necesariamente las bacterias y otros microorganismos. Las autoridades sanitarias recomiendan privilegiar pescados y mariscos bien cocidos, especialmente durante la temporada de calor.

La tostada de ceviche también puede acumular calorías con rapidez cuando se cubre con mayonesa, crema, aguacate y varias salsas. Una o dos tostadas pueden formar parte de la comida, pero repetirlas durante toda la tarde convierte un aperitivo aparentemente ligero en una comida abundante y alta en sodio.

Antojos capeados y preparados

Los camarones empanizados, quesadillas de mariscos y tacos gobernador combinan ingredientes sabrosos, pero también fritura, queso, tortillas y aderezos. El problema no suele estar en un solo taco, sino en pedir varias entradas, acompañarlas con papas y cerrar con un postre, todo bajo la idea de que las vacaciones suspenden cualquier límite.

Otro clásico de las playas mexicanas es el coco preparado con limón, chile y sal. La pulpa aporta grasa y puede resultar saciante, mientras el agua de coco ayuda a refrescarse. Sin embargo, las versiones con chamoy, salsas comerciales y grandes cantidades de sal pueden contener mucho sodio, especialmente cuando se comen junto con otros productos preparados de la misma manera.

Fruta y bebidas: el azúcar oculto

Los vasos de mango, sandía, piña, pepino o jícama son opciones frescas y prácticas. La fruta conserva agua, fibra y nutrientes, pero puede terminar cubierta con dulces, cacahuates, chile, chamoy y jarabes. Elegir fruta natural con un poco de limón permite mantenerla como un refrigerio ligero en lugar de transformarla en un postre salado y azucarado.

Raspados, nieves, paletas y bolis ayudan a soportar el calor, aunque algunas presentaciones contienen grandes cantidades de jarabe o azúcar. Algo similar ocurre con las aguas frescas, refrescos y bebidas preparadas: se consumen con rapidez porque parecen hidratantes, pero pueden aportar una cantidad considerable de azúcares añadidos. En México, las bebidas azucaradas representan una de las principales fuentes de azúcar añadida en la alimentación.

Conservación y equilibrio

Además del contenido nutricional, en la playa importa la conservación. Los pescados y mariscos se descomponen con rapidez cuando pierden la cadena de frío. Deben mantenerse refrigerados o sobre hielo, presentar olor fresco y cocinarse completamente; si permanecen durante horas bajo el sol, tienen mal olor o una textura extraña, lo más seguro es no consumirlos.

Una estrategia sencilla es escoger el antojo que realmente se desea y equilibrar el resto. Si la comida será pescado frito, puede acompañarse con ensalada y agua; si se prefieren camarones empanizados, quizá convenga evitar después el raspado y el refresco. Compartir porciones también permite probar diferentes sabores sin terminar con una comida excesiva.

Comer frente al mar forma parte de las vacaciones y no tendría sentido convertir cada tostada en una operación matemática. La clave está en disfrutar los platillos típicos, revisar que los mariscos estén frescos, moderar las porciones y no confundir el calor con una invitación a beber azúcar durante todo el día.


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