Cuando alguien dice “estoy estresado”, casi siempre habla de algo malo: tensión, cansancio, ganas de que el día termine. Pero los científicos llevan décadas explicando que el estrés no es solo eso. Existe también un estrés que nos motiva, nos activa y nos ayuda a rendir mejor, y se llama eustrés.
Aquí te contamos qué es, en qué se diferencia del estrés que conocemos y cuándo deja de ser tu aliado.
¿Qué es el eustrés?
El término lo propuso a mediados de los años 70 el endocrinólogo Hans Selye, uno de los pioneros en el estudio del estrés. Lo formó con el prefijo griego eu, que significa “bueno”, y la palabra stress. Es decir, literalmente es “buen estrés”.
Para Selye, el estrés es simplemente la respuesta del cuerpo ante cualquier exigencia, ya sea positiva o negativa. Por eso decía que vivir totalmente libre de estrés equivaldría a estar muerto.
El eustrés es el que sentimos ante un reto que nos emociona y que sentimos capaces de enfrentar: una presentación importante, un nuevo proyecto, un viaje, un entrenamiento, una competencia, enamorarse o esperar un hijo. Nos sentimos retados, pero no rebasados.
¿Y cómo se relaciona con el estrés que conocemos?
El estrés “malo” se llama distrés. Es el que nos abruma, nos bloquea y, si se alarga, puede causar ansiedad, cansancio, irritabilidad, problemas de sueño o aislamiento.
Lo curioso es que, por dentro, ambos se parecen mucho. El cuerpo libera las mismas hormonas, como la adrenalina y el cortisol (la hormona del estrés), y se prepara para actuar. Según los especialistas, el organismo no distingue entre uno y otro. La diferencia está en cómo lo interpretamos y en si sentimos que tenemos recursos para afrontarlo.
Por eso, el mismo evento puede ser eustrés para una persona y distrés para otra. Una entrevista de trabajo puede emocionar a uno y paralizar a otro. En el eustrés vemos la situación como un desafío; en el distrés, como una amenaza.
¿Qué beneficios puede tener?
Cuando el estrés se vive como un reto, expertos señalan que el cerebro libera dopamina, un neurotransmisor ligado a la motivación y la recompensa. Por eso muchas personas sienten más energía, concentración y creatividad. En su punto más alto, algunos lo describen como entrar en “flow”, ese estado de estar completamente metido en lo que se hace.
También se ha visto que la forma en que pensamos el estrés cambia sus efectos. En 2013, psicólogos de Yale y Stanford publicaron un estudio sobre lo que llaman mentalidad frente al estrés. Encontraron que quienes ven el estrés como algo que puede ayudarles suelen afrontarlo de forma más adaptativa que quienes lo ven solo como un daño.
Una revisión de estudios de 2024 encontró que cambiar la forma de interpretar el estrés puede mejorar el desempeño. Eso sí, los beneficios fueron modestos y dependen del contexto, así que no son magia.
¿Cuánto estrés es el ideal?
Hay una idea muy conocida, la ley de Yerkes-Dodson (1908): el rendimiento mejora con un poco de presión, pero baja si esta es demasiada. Es decir, ni cero estrés ni estrés de más, sino un punto medio donde te sientes activado sin sentirte rebasado.
Hoy se considera una intuición útil más que una regla exacta, porque la realidad es más compleja. Lo importante es que el eustrés es un estrés moderado, de corta duración y con una meta clara.
¿Cuándo el eustrés se vuelve distrés?
El estrés bueno deja de serlo cuando se dan estas condiciones:
Dura demasiado tiempo y no hay descanso entre un reto y otro.
La exigencia supera lo que sientes que puedes manejar.
Sientes que no tienes control sobre la situación.
Empiezan los síntomas: insomnio, tensión muscular, taquicardia, irritabilidad o ganas de evitarlo todo.
Es importante decir esto con claridad: lo que se dice del eustrés se aplica al estrés agudo y moderado, como un examen o una entrevista. El estrés crónico o muy intenso sí daña la salud y no se arregla “pensando positivo”. Si estás en una etapa de sobrecarga, no es un problema de actitud.
Cómo aprovechar el eustrés
Cambia la forma de ver los nervios. Antes de un reto, en lugar de pensar “estoy muy nervioso”, prueba con “mi cuerpo se está preparando para dar lo mejor”.
Divide el reto en pasos pequeños. Es más fácil sentirte capaz cuando ves el camino por partes.
Descansa de verdad. Dormir bien y desconectarte después de un esfuerzo es lo que evita que el estrés se acumule.
Pide apoyo. Hablar con alguien de confianza baja la sensación de amenaza.
Revisa tus señales. Si el cansancio, la ansiedad o el mal sueño duran semanas, busca ayuda profesional.
El estrés, en sí mismo, no es bueno ni malo. Lo que cambia es cuánto dura, cuánto control sentimos y qué significado le damos. Aprender a distinguirlo puede ayudarte a usar la presión como impulso, sin dejar que te desgaste.
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